¡FELICES FIESTAS!
Y como regalito navideño a todos los que han posteado por aquí...
Era tarde, pero como de costumbre, los pacientes parecían acumularse siempre a última hora del día. Es gracioso, como puedes pasarte toda la mañana cruzada de brazos y como a partir de las siete de la tarde, la gente hace cola para aparecer por la puerta de tu consulta. Que si un hueso roto, que si un corte, que si una infección…
En diez años, no recuerdo haber cerrado nunca a mi hora, siempre aparecía una urgencia, siempre algo que no podía esperar a mañana pero, que tampoco era tan importante como para venir durante la hora de los culebrones sudamericanos o los programas de cotilleos. Es entonces, cuando dan importancia a esa cojera, esos mareos, al color de unas heces, que seguramente ya están mezcladas con sangre. Ahora sí que les corre prisa, no sea que se pierdan algo interesante en la tele, siempre con sus “Mire usted…”, “A ver si podría…”.
Suena el despertador, medio adormilado estiro un brazo y lo apago. Soy incapaz de abrir los ojos, apenas puedo moverme, lo único que deseo es darme media vuelta y seguir durmiendo. Soy consciente de que si no me levanto enseguida, volveré a quedarme dormido, pero tengo tanto sueño. Intento abrir los ojos, lo consigo durante medio segundo, pero se vuelven a cerrar.
Ras, ras, ras.
Un sonido, indeterminado pero al mismo tiempo familiar.
Ras, ras, ras.
El sonido no cesa, es rítmico.
Ras, ras, ras.
¿Qué demonios es ese ruido? Abro los ojos, ahora es imposible dormir, estoy totalmente despierto, alerta.
Ras, ras, ras.
Estoy seguro de haberlo oído antes, muchas veces, es un sonido conocido, que se genera muy cerca de mí.
Ras, ras, ras.
Poco a poco me voy haciendo consciente de mi entorno, la habitación en semipenumbra.
Ras, ras, ras.
Me quedo completamente helado, el sonido proviene de debajo de mis sábanas.
SILENCIO.
Ya no hay sonido, el silencio es atronador. Levanto despacio las sábanas, pero allí no hay nada. Enciendo las luces y no hay nada, excepto... unas pequeñas manchas oscuras, las examino más de cerca, son de sangre. Mi sangre.
Ahora ya sé cual ha sido el ruido que he oído antes. Eran mis propias uñas arrascando incesantemente mi piel, ras, ras, ras, ras. Tengo dermatitis atópica y me paso el día arrascándome con tanta saña, que normalmente acabo sangrando. Para mí es como respirar, nos pasamos el día entero respirando, pero casi nunca somos conscientes de ello.
Me dirijo al baño, dispuesto a empezar un nuevo día. Me detengo frente al espejo, y me miro, mientras pienso “demonios, estoy ganando peso, tengo que..”.
Ras, ras, ras.
Dedicado a mi buen amigo, Garlik. Gracias bro, por animarme a seguir escribiendo.
Alzo los ojos al cielo nocturno y contemplo la belleza de Selene en todo su esplendor. La Luna, como la llaman los ignorantes humanos y vampiros, ilumina con su esplendor el Bosque de Araudrín. Cada árbol, cada piedra, todos y cada uno de los arroyos y de las montañas, que conforman este paraíso. El viento frío, me anuncia la próxima llegada del invierno y me trae el sonido de los animales nocturnos. Con la siguiente ráfaga, llega un olor conocido y un sabor acre se acomoda en mi lengua. Cierro los ojos y dejo que mis demás sentidos, interpreten lo que me traen los vientos. Sin duda una lechuza, se acaba de dar un festín con algún roedor.
Abro los ojos, al tiempo que abandono la forma del lobo, para asumir la forma guerrera. Un híbrido de humano y lobo, un humanoide de más de dos metros que se yergue sobre sus patas traseras. Cabeza y garras de lobo, inteligencia de humano, la fuerza de una bestia de leyenda. Atravieso los bosques velozmente, en silencio, con la maestría que sólo un Señor puede alcanzar en sus propios dominios. A menos de dos kilómetros hacia el norte, discurre el combate. Como sospechaba, cuatro chupasangres acorralan a un licántropo. El deber de un paladín es claro, pero aquí hay algo más. Algo que escapa a la vista. El extraño olor se ha vuelto más fuerte, una vez más me concentro en él se que lo he olido antes, se que puedo reconocerlo si me esfuerzo. Al final, la luz se hace en mi mente. El licántropo que lucha por su vida, ha sido maldecido. No por sus atacantes, ni por cualquier otro enemigo sobrenatural, sino por su propia especie, por sus antiguos compañeros de tribu, por sus amigos y familiares. La maldición es ahora clara como el agua de manantial. El hombre-lobo que haya sido marcado con ella, no pertenecerá nunca más a su antigua familia, la sociedad licántropa lo ha desterrado para siempre. Sus camaradas le repudiarán de por vida y sus propios hermanos intentarán matarle si tienen la oportunidad. Es sin duda, el castigo más cruel que se le puede imponer a un elegido de la Madre.
Me lo digo una y otra vez, la maldición sólo se lanza sobre culpables probados, sólo cuando son criminales irrecuperables, pero sin embargo, no logro convencerme a mí mismo. A veces, las pruebas pueden ser falseadas, a veces los inocentes pagan por pecadores, a veces los líderes… son alejados de sus tronos.
Los vampiros se separan, para obligarme a atacar a uno de ellos y dar la espalda a su compañero. Esto se pone feo, trato de guiarme por mi instinto, para saber cual es la presa más difícil y empiezo a dirigirme hacia el que está a mi izquierda. Noto por su postura y su forma de agarrar la espada, que es mejor luchador que el otro. Tendré que confiar en mi velocidad, para matar a mi adversario, antes de que su complice, me decapite por detrás.
- Eres un Paladín – dice – puedo sentirlo.
- Sí, lo soy.
- El deber de un Paladín es claro. Debes matar a aquel que lleva la maldición – señala las cenizas de lo que antaño fueron cuatro vampiros – o debes dejar que otros lo maten.
- Podrías ser inocente – le respondo – las pruebas podrían estar equivocadas, los testigos..
- Las pruebas eran correctas – me interrumpe – los testigos, gente de honor. Yo maté a mi mejor amigo y soy tan culpable como el demonio.
El silencio se vuelve más y más espeso a nuestro alrededor. “Debes matarlo”, repite una voz en mi cabeza, una y otra vez. Pero mi corazón, me dice que hay culpables y culpables. En la vida, no todo es blanco o negro y que tal vez mi deber no sea tan claro después de todo. Pero soy un Paladín, para mí sólo hay Luz y Oscuridad. La cabeza me da vueltas y parece que va a estallar. Pero en ese momento percibo la Luna sobre mi cabeza y la respuesta aparece clara en mi mente.
- El deber de un Paladín es claro – le digo al fin – A veces debemos matar – afirmo mientras señalo los restos de los vampiros – pero no lo hacemos por gusto. Los Paladines servimos al bien, no somos ejecutores ni asesinos. No es mi obligación acabar con tu vida, sino ayudarte a salir de la oscuridad que te envuelve… hermano.
Puedo ver la sorpresa en su rostro, hace mucho que nadie de nuestra raza le llama hermano, hace demasiado tiempo, que todos le dan la espalda.
- Dime como te llamas – le pido.
- Yo… - titubea – antes tenía un nombre, pero ahora, ya no tengo derecho a usarlo – vuelve a dudar – pero puedes llamarme Usagi.
Es en este momento, en el que veo acercarse de forma inminente el fin de mi existencia, cuando percibo mejor, la alocada sucesión de acontecimientos que han marcado mi vida pecadora. Mientras permanezco en mitad del extenso Mar del Caribe, sustentado únicamente por un trozo de madera, examino las acciones que me han traído a este día fatídico y trato de hacer una última limpieza de mi alma, manchada por los siete pecados, antes de presentarla ante el Ángel de las Tinieblas, con quien de seguro despacharé esta noche la cena.
El principio de nuestro fin, empezó hace casi dos meses, cuando uno de los mayores diablos que jamás hayan surcado los océanos, empezó a perseguir al “Libertador”, mi querido barco, que ahora yace en su inmortal tumba acuática, a mil pies de profundidad, justo debajo de mí. Este engendro de Satán, conocido como el Capitán Roblenegro, mandaba el “Ejecutor”, un impío navío, manufacturado por los cien veces malditos navieros portugueses. Algunos dicen, que su nuevo diseño de la quilla y su configuración de mástiles, única en el mundo, son lo que la convierten en la nave más veloz de cuantas han existido. Pero yo sé, que lo que hinchaba sus velas, son los vientos de perdición que soplan desde el mismísimo infierno. Y esto es lo que le permitió, darnos caza durante esos dos meses.
Siempre parecía estar un paso por delante nuestro, se adelantaba a todos nuestros movimientos. Nos esperó en Veracruz, nos persiguió por todo lo ancho del caribe español. Nos dio caza de forma incansable, no permitiéndonos tiempo para repostar, pero sin entablar combate directo. Debilitándonos, dejándonos sin provisiones, bombardeándonos desde la lejanía, con sus cañones de mayor alcance, no ya para hundirnos, sino para privarnos del descanso, minando así nuestra moral. Aunque su velocidad demoníaca, le permitía alcanzarnos con facilidad, jamás lo intentó. No quiso darnos una pelea justa.
La moral decayó rápidamente entre los hombres y la amenaza constante de un motín, no me dejaba un momento de respiro. Los marinos, al fin, supersticiosos y cobardes, creían que eran mis decisiones como capitán, lo que habían motivado a Satanás a abandonar el infierno, para perseguirnos.
Decidimos pasar, por una sección de arrecifes coralinos, dado que al tener nuestro navío, menor calado que el suyo, teníamos la esperanza de que embarrancase, pero que me arranquen los dedos de los pies con una hoja candente, si aquel barco embrujado, no pasó por entre los corales, sin arañar siquiera su casco.
Por fin, a los dos meses, de iniciar su terrible persecución, el mezquino Roblenegro decidió atacarnos. El Ejecutor, se puso al fin a tiro y ambos barcos, orzamos para ponernos en paralelo. Sus cañones eran disparados con inhumana puntería, su primera ráfaga, destrozó nuestro palo mayor, y desmontó la mitad de nuestra artillería. El casco de esa siniestra nave negra, debía de ser de un material de otro mundo, pues apenas notó nuestra andanada. Pronto, habíamos perdido casi todas nuestras defensas y no tardaron en abordarnos y darnos caza. La maldad de su capitán, impregnaba a sus hombres, que no dudaron en desmembrar a mi debilitada tripulación, dejándome a mí como único superviviente.
Y finalmente, el mismísimo Roblenegro vino a enfrentarse a mí. Pese a mi experiencia como espadachín, jamás me había enfrentado a un rival como aquel. No cesaba de reírse en todo momento, burlándose de mí y de mi pobre esgrima. En verdad se movía como un demonio, lanzando mil estocadas, imposibles de detener. Podría haber acabado conmigo, desde el primer golpe, pero parecía deleitarse en producirme pequeñas heridas, como aguijonazos de avispas, que me arrebataban el alma. Cuando se cansó de jugar conmigo, me desarmó con un rápido movimiento y sus hombres me apresaron y cargaron de cadenas.
Rápidamente, confiscaron el cargamento de oro y lo llevaron a su nave. Después, cargaron de explosivos la santabárbara del Libertador e hicieron volar en mil pedazos, el último residuo de mi alma. Atado al palo mayor del Ejecutor, fui obligado a contemplar, el hundimiento de todo cuanto era amado por mi corazón pecador.
- Ethan Blackmore – me decía mi diabólica némesis – también conocido como “El Capitán Negro”, corsario bajo el pendón de la Reina de Inglaterra. En los dos últimos años, has atacado a no menos de 12 navíos españoles, robado sus preciadas cargas, que pertenecían a la augusta Corona Española. Por estos actos, deberías ser llevado a tierra y ahorcado como el perro que eres. – hizo una pequeña pausa, para dar tiempo a sus palabras a que se hundieran como puñales en mi alma.
- Pero, lo cierto es que me parece pequeño castigo para tus crímenes, así que te tengo preparado algo especial.
Por eso ahora, estoy encadenado a un madero, en mitad del mar, a más de setecientas millas de cualquier costa. Pero no ha de preocuparme la sed o el hambre, pues, los tiburones ya han olido la sangre que mana de mis heridas, y ya veo la primera aleta acercándose a mí. He de decir, que al oír en boca del maldito Roblenegro, las acciones de mi vida como corsario, no me parecieron tan horribles, como las que había llevado a cabo aquel siniestro personaje, en nombre de una supuesta justicia. Es cierto que soy un vil y despreciable pirata, pero incluso los de mi calaña tenemos normas.
Aquí llega el primer tiburón. Rezo, no para pedir clemencia de mi alma pecadora, que de seguro irá al infierno, para servir de alimento a los demonios, sino para que el primer mordisco sea certero y me envíe rápidamente a solucionar mis cuentas a la otra vida.