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4/25/2017

Aventuras en Rusia. Tercer día.

Vamos con el tercer día de peripecias por la capital rusa.

Tras un rápido desayuno, zumito de kiwi incluido, decidimos acercarnos a ver el Monasterio de Novedévichi.



Ya en la puerta, un cartel nos informó que para entrar al recinto, había que pagar y que para hacer fotos había que pagar un plus. Pero no vimos ningún control para entrar ni nadie que vigilara que nadie se colase sin entrada, mucho menos que hiciera fotos sin haber plagado el suplemento.

Conchi: Mmm, ¿Qué hacemos? ¿Nos hacemos los locos, pagamos solo la entrada?...
Yo: A ver, que los rusos son muy cuadriculados, seguro que si hacemos una foto, primero nos disparan y luego nos preguntan si hemos pagado el suplemento de marras.
Conchi: Pero si aquí no hay nadie controlando el tema.
Yo: Seguro que están escondidos entre los árboles o algo.
Conchi: Bueno venga pues pagamos todo.

Nos fuimos a la taquilla, que estaba por lo menos a quinientos metros a la derecha de la entrada, entramos dentro (llos tickets se vendían dentro de la tienda de regalos) y pagamos religiosamente.

Por la mirada que nos dirigió la dependienta, habíamos hecho el canelo. Y efectivamente, pronto comprobamos que allí todo el mundo entraba sin pagar, y no disparaban a nadie.

Conchi: No me gusta decir "te lo dije ", perooo...

Estas cosas me pasan por dejarme llevar por los estereotipos sobre los rusos.







En fin, siempre te queda el consuelo de haber hecho las cosas legalmente. Y francamente la entrada no era tan cara. Aún así nos decepcionó un poco. El complejo tenía varios edificios y no pudimos entrar más que en uno. Y había varias zonas en obras.

Después de esto, nuestro plan era ir a visitar la Universidad de Moscú, y ahí tuve otra de mis brillantes ideas.

Yo: Que estoy pensando...
Conchi: Malo
Yo: ...que hace muy buen tiempo (8º al sol y unos 4º a la sombra). Y que podríamos ir andando hasta la Universidad.
Conchi: La idea no es mala, pero habría que ver a que distancia queda...

Una consulta rápida al mapa, nos dejó dubitativos.

Conchi: Bueno, en el mapa no parece estar muy lejos, pero no hay que olvidar que Moscú es bastante grande y a lo mejor está más lejos de lo que aparenta.
Yo: Nah, seguro que nos vendrá bien el paseo y si nos cansamos o hacemos una parada técnica en un bar o pillamos el metro.

Unos doce kilómetros más tarde.

Conchi: O sea, que cerca.
Yo: Bueno, las distancias son relativas y...
Conchi: Con que una parada en un bar, ¿eh?
Yo: No es culpa mía que los rusos solo pongan bares en la zona centro de la ciudad, y dejen desabastecido el extraradio.
Conchi: Siempre podremos coger el metro.
Yo: Quien iba a decir que las paradas estaban separadas por más de diez kilómetros. El metro va tan rápido aquí, que no notas la distancia.

En fin, que al final llegamos a la Universidad. Y no es precisamente pequeñita.

















Lo cierto es que intentamos entrar, para echar un ojo por dentro (y buscar la cafetería), pero unos amables guardias nos disuadieron de la idea.

En los aldedores de la universidad vimos algunos antiguos coches de la marca Lada, que sería el equivalente de SEAT en la Rusia Comunista.



Supongo que el presupuesto de los estudiantes es igual de ajustado en cualquier parte del mundo.

Tras la visita a la Universidad, decidimos que había llegado el momento de probar la auténtica cocina rusa (hasta ese momento habíamos sobrevivido casi exclusivamente a base de alitas de pollo y cerveza) y nos fuimos al famoso café Puskin.



Donde degustamos una variada selección de platos rusos. Como el borsch, que es un tipo de sopa.





De segundo pedimos un variado de especialidades, entre los que destacaban unos exquisitos champiñones con salsa estrogonov.

Y de postre yo me zampé una creamboule de pistacho, que no se si es una cosa rusa, pero a mí me hizo gracia.


La verdad es que comimos bastante bien y no fué excesivamente caro. Eso sí, tienen un estricto protocolo de etiqueta, ya que no te dejan entrar con abrigo y mochila, sino que según entras te mandan directo al guardarropa, que está en el sótano, para que dejes los bártulos.

Entre que la sobremesa se alargó bastante y que estabamos molidos despés de la excursión a la Universidad, decidimos retirarnos al hotel hasta la hora de la cena.

Tras un merecido descanso, decidimos que antes de cenar nos acercaríamos a echar un ojo a las estaciones de tren, ya que pronto nos tocaría hacer el trayecto de Moscú a San Petersburgo y así nos familiarizamos con la zona.

Y digo las estaciones de tren en plural, porque tienen tres o cuatro juntas, y es mejor que sepas de antemano desde cual de ellas sale tu tren.



Una vez cumplido el trámite, nos fuimos a cenar unas alitas de pollo, regadas con una cervecilla.


Próximamente, las peripecias del cuarto día.

2 comentarios:

Conchi Redondo dijo...

Ja ja ja
Se te han olvidado detalles importantes
Como que casi renuncias a la comida x dos rusas que viste x la calle o al menos viste la minifalda.... no lo tengo claro 😂
Y que yo me enamore del camarero... bueno primero de uno y luego de otro 😂😂😂

Ronin, Er Padawan dijo...

Detalles, detalles... XD